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KINGSTON
Balas y bafles
Kingston es deliciosamente caótica y tropicalmente sucia y podrida
Kingston es deliciosamente caótica y tropicalmente sucia y podrida. Sin centro. Sólo está de acuerdo en sus guetos -uno de ellos es el mítico Trench Town- y en que el mejor arma para ciudad es una 9 mm. Tiene hoteles cochambrosos, medios y de lujo, y tugurios solo cochambrosos de los que el buen viajero no querría salir jamás. Desde un agujero se ve Addis Abeba: la comunidad rastafari mantiene y venera la imagen del negus etíope Haile Selassie, quien visitara Kingston en los 70 y guiñara el ojo desde su Mercedes blanco a un Bob Marley que entonces decidió dejarse trenzas. ¿Marley? Por doquier.
En concreto en el 65 de Hope Road puedes ir a visitar su casa, la que le regaló su productor y fiel amigo Chris Blackwell en época de vacas gordas. Allí suelen estar no menos de sus cinco hijos -Ziggy, Stephen, Rohan...- jugando al fútbol hasta que cierra el museo, y entonces abren la zona acordonada y abren la puerta secreta que conduce al estudio, y se escucha reggae, y se habla del padre, y del padre del padre, que es de nuevo Su Majestad Imperial, el profeta Selassie.
Kingston: niños que van al colegio o hacen pellas y se cuelgan del parachoques trasero del autobús en el que vas a una playa o a un estudio de grabación o a un bar de mala muerte y vas viendo pasar los anuncios que anuncian al mesías -"Jesus is alive, I need to survive!"- y los carritos de venta de fruta o de cualquier cosa, o vas oyendo chocar a los coches -porque Jamaica es el líder mundial en lo que a accidentes de coche se refiere-, y vas escuchando la música que escucha el chofer o que se escucha por la calle, y es la mejor discoteca del mundo. Y de repente paras: otra cabra en medio de la calle. Ah, Kingston.
Por Bruno Galindo
Foto: Bruno Galindo
Revista 36 (15/06/2003 a 15/09/2003)
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