La historia de San Nicolás transcurrió en lo que hoy sería Turquía donde un padre de familia que sólo tenía dinero para casar a dos de sus hijas, estaba abrumado por la idea de tener que dar a su tercera niña a la esclavitud, sacrificándola por el bien de las otras dos. Pero la noche antes San Nicolás se escurrió dentro de la casa y dejó unas monedas de oro en un calcetín que estaba colgado en la chimenea…
Es evidente que la historia tiene un par de puntos débiles, como que igual en esos lugares de Turquía no tienen tanta necesidad de chimenea y que según mi experiencia personal, lo más probable es que unos calcetines estén rodando por el suelo del cuarto de baño y no colgados en una chimenea. ¡Pero a grandes rasgos se ajusta!
Tonterías aparte, Santa Claus es un negocio gigante que mueve hasta los dólares más doloridos, con una avalancha de servicios de lo más dispares que sólo tienen en común que, como bien advierte una guía, "ho, ho, hooo… ¡no son gratis!".
Enboscando la historia
Es fácil que haya pocos destinos tan codiciados, y sin embargo tan poco comprendidos como Laponia, donde una vez más se repitió la vieja historia, el genocidio de los Lapones a manos del hombre blanco. Perseguidas unas veces por el romanticismo de las tierras lejanas, otras por la codicia del metal dorado, en estas tierras se entrelazan una rica geología, biología y cultura que hacen que sean difíciles apreciar en todo su esplendor.
Erguidas en el extremo sur, Pyhätunturi reune probablemente las montañas más viejas de la Tierra, y aunque eso es algo que se oye a menudo de muchos destinos, lo cierto es que desde su formación Finlandia ha cambiado tres veces de Hemisferio, ¡¡llegando a estar en pleno polo Sur!! Esto unido a que son las únicas elevaciones capaces de recortar su silueta contra las inmensas llanuras del norte, las han convertido desde muy antiguo en lugar de adoración a los dioses donde los cazadores pedían buena fortuna.
La cadena montañosa, que apenas llega a los 500 metros de altura, fue en su día tan imponente como los Alpes y su desmoronamiento con el paso del tiempo ha convertido los valles en canchales de piedras entre las que es fácil leer el pasado. Las ondulaciones suaves de algunas rocas, a veces con churretillos de arena petrificada que recuerdan los que hacen las navajas, delatan que en efecto se trataba de un fondo marino.
Dos mil millones de años han pasado desde entonces y las antiguas praderas de algas han cedido paso a mantillo de arbustillos cargados de bayas y pinos que enrollan su tronco sobre sí mismo como en un intento de protegerse del frío. Este giro es en realidad una adaptación a los vientos huracanados aumentando la resistencia y haciendo que cuando finalmente rompen, lo hagan estallando.
Pero sin duda lo más intrigante son unas formaciones biológicas que pueden arder sin cesar durante décadas, las turberas. De hecho, precisamente de ellas se saca la turba. Las duras condiciones que crean los musgos en estas ciénagas de vivos colores, hacen que no pueda crecer apenas nada y en ellas, la carencia de oxígeno impide casi completamente la descomposición de la materia orgánica. Así, se convierten espontáneamente en una especie de paleontólogos incansables que han ido conservando celosamente el registro de la vida a su alrededor a través de los milenios, emboscando la historia.
No ocurría lo mismo con mis provisiones que parecían desaparecer sin previo aviso. Mientras andaba ensimismado de aquí para allá se me había ido terminando la gasolina, la comida, el té... La pila de reserva que había estado llevando calentita en el sobaco durante más de una semana ya no era capaz de trabajar contra el frío ni con pasadas sobre el mechero. Era hora de volver.