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LADRILLOS Y BALAS
En las ciudades de dios
Un miedo que no por rentabilizarse en forma de ladrillos apilados quita el descanso al que lo siente
Por si alguien aún no lo sabe, el muro (que en tramos es solamente una larga alambrada) rebasa en algunos tramos los 12 metros de alto, y ocupa franjas de seguridad militar que oscilan entre los 30 y 100 metros de ancho. Se anima a dar cada paletada de cemento, cada bloque de concreto, bajo el argumento del miedo al terrorista. Es fácil imaginar el destrozo humano y familiar, agrario y económico, de toda una comunidad que ha de hacer frente a un desempleo galopante, a la confiscación de sus tierras y la destrucción de caminos a mezquitas y universidades, a la humillante proliferación de "checkpoints", al proselitismo de la muerte voluntaria frente a la impotencia de vivir bajo tutela del verdugo. En Palestina el muro segrega de arriba abajo, pues los soldados y colonos judíos están instalados en lo alto de las colinas. Se ve mejor al enemigo desde arriba. Así, el joven Dudú cae finalmente abatido desde un helicóptero policial. A estas alturas otro pobre diablo ya le habrá reemplazado en el control y venta de una gran cantidad de droga que entra al país con la clara connivencia del poder, y así una nueva leyenda en formación seguirá alentando la maquinaria del miedo. Un miedo que no por rentabilizarse en forma de ladrillos apilados quita el descanso al que lo siente. Pues ese miedo -esos muros- son, al fin y al cabo, el rechazo a ver lo peor de uno mismo.
Por Bruno Galindo
Foto: Bruno Galindo
Revista 44 (15/05/2004 a 15/06/2004)
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