Alrededor de Andy Warhol una nueva escena que combinaba elementos hippies y pop brilló con luz propia para convertirse en una de las épocas artísticas más admiradas y añoradas (The Velvet Underground, The Grateful Dead, Basquiat, etc.) Además, acogió muchos de los bullentes movimientos a favor de los derechos de los negros en lo que conocemos como blaxplotation. Tanta diversión no podía durar eternamente, y a principios de los 70, los conflictos con los vecinos propiciaron la huida en masa de los hippies y bohemios.
Llegaron entonces dos décadas que, como las de los 40 y 50, drogas y violencia eran los dos elementos con los que se identificaba el barrio. Como explica Al, "la situación estaba en su límite cuando mi hermano compró la sinagoga en los 80. La pobreza era enorme y nadie daba un duro por la recuperación". Jasper Johns o Keith Haring mantenían su estudio, pero el Lower East Side agonizaba, como una discoteca vista un sábado por la mañana, cuando se han apagado las luces y quedan las colillas aplastadas y los vasos rotos por el suelo. La situación cambió cuando, a principios de los 90, los alquileres en Manhattan subieron a tal extremo que "muchos profesionales liberales vieron el Lower East Side una solución para el problema de vivienda sin tener que salir de la isla".
Desde entonces, sus calles se han revitalizado convirtiéndose en un lugar super fashion en el que sin embargo se echa de menos el ambiente de libertad absoluto que conoció. Como explica Ángel, "hay peligro de que nos convirtamos en un parque temático. La comunidad artística es vibrante pero carece de grandes nombres: Warhol, Ginsberg, Philip Glass o John Zorn... no tienen ahora mismo una generación que les siga.
Hay cosas muy buenas como el Fringe Festival de teatro o la sala Tonic, propiedad de Sonic Youth". Luces y sombras de un lugar mítico que estos dos aragoneses de nacimiento y universales por vocación han convertido en enclave fundamental de los viajeros ultra cool.
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