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Rabelos, barcos para el vino

Oporto

Vino y cultura

Oporto, la ciudad portuguesa de los vinos

Vetusta y actual a la par. Caladero de argonautas griegos, milicias romanas y colonos británicos, que al añadir brandy para interrumpir el proceso de fermentación del vino crearon unos caldos singulares. La segunda ciudad portuguesa derrocha historia y puede jactarse de haber incubado un progresismo y una tolerancia que podrían equipararla con la mismísima Amsterdam. Portus Cale, la que dió nombre a toda una nación, es la hermana gemela de Lisboa por ese Río Duero que la secciona en dos, así como por sus empinadas colinas.

Hay un dicho popular que dice que “Lisboa se divierte, Coimbra canta, Braga reza y Oporto trabaja”. Y debe ser por el carácter que le imprimieron aquellos comerciantes de la Pérfida Albión, los que importaban tejidos ingleses y bacalao de Terranova y decidieron establecerse en la pujante población. En Oporto apenas hay vestigios de globalización. Todo parece decrépito y envuelto en un halo de romanticismo. Es como si sus añejas calles y cafés hubieran aguantado con dignidad el arrollador empuje de las cadenas de McDonalds o Starbucks.

El caleidoscopio de colores que nos ofrece comienza en la estación de São Bento con sus vivaces azulejos, un elemento ornamental muy característico de la ciudad. Continúa por la Rua das Flores, donde el gris granítico de sus construcciones da paso a los destellos rojizos del Mercado Ferreira Borges, para finalmente desembocar en el blanco virginal de los muros del Palacio de la Bolsa. La profusión de edificios monumentales - entre los que destaca la caída libre de 75 metros de la vertiginosa Torre de los Clérigos, que fue escalada por una pareja de acróbatas manchegos en 1917 - choca paradójicamente con la colada expuesta en los balcones.

Las prendas pudendas ondean como una curiosa costumbre de sus habitantes, llamados “tripeiros” (comedores de tripas), ya que en detrimento de su salud donaron toda la carne de que disponían a las tropas portuguesas durante el cerco de Ceuta, allá en el siglo XV. Como en su hermana Lisboa los tranvías son todo un símbolo y así lo demuestra su particular museo. Parten de la Iglesia de San Francisco, el edificio gótico más importante de la ciudad, y conducen a la desembocadura del Duero y las playas de Foz.

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Por Miguel Ángel Sánchez Gárate
Foto:
Revista 66 (15/08/2006 a 15/09/2006)


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