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SIDNEY
No tan antípodas
Desde el ferry y muy a lo lejos se pueden divisar pequeños cuerpos negros amontonados en las playas de Bondi o Manly
Según nos aproximamos al mar atravesamos una serie de calles peatonales que recuerdan a Florida en Buenos Aires o Preciados en Madrid. Nada particular, si no fuera por la pureza del aire que se respira, a pesar de hallarnos en plena vorágine. Qué duda cabe de que para el australiano en general, la naturaleza forma parte de su cultura y ha crecido respetándola. El Jardín Botánico, desde donde se pueden contemplar las vistas más bellas de la bahía, es la mayor muestra de fusión entre naturaleza y ciudad.
Pero sigamos el recorrido, ya llegando al final:
The Rocks puede presumir de ser el barrio privilegiado donde, de mano de una cerveza (la cuatro equis es la más popular del país) y sentado a las puertas de uno de los múltiples pubs con sabor a época victoriana y con música en directo, quedarse con la boca abierta de tan bello paisaje: la bahía más cuidada del mundo. Por algo decidieron asentarse en esta zona, a finales del siglo XVIII, los primeros pobladores.
Dos siglos más tarde se terminó de componer el precioso puzzle al borde del mar: El Sidney Harbour Bridge (denominado el pulmón de hierro debido a la cantidad de personas que necesitó para su construcción en la depresión de los años 30) y la Opera House son referente indiscutible para viajeros y habitantes. La segunda hubo de terminarse gracias a la aportación económica ciudadana, ya que el presupuesto inicial pasó de 7 millones de dólares a 102, motivo por el cual tardó 16 años en finiquitarse. Su enigmática silueta pareció ser inspirada al arquitecto (Jorn Utzon) por unos gajos de naranja, fruta a la cual estaremos eternamente agradecidos.
Desde el ferry y muy a lo lejos se pueden divisar pequeños cuerpos negros amontonados en las playas de Bondi o Manly. Son surferos que tienen incomparables vistas para inspirarse sobre la tabla.
Mark Twain dijo de Sydney que era una ciudad llena de sorpresas, pero todas de verdad. Así es, el viajero que se sumerge en ella la percibe como imparable, que se extiende, no ya en su territorio, sino en su forma de manifestarse y de ser vivida, que engancha y que sobrevive en la experiencia personal de quien la visita.
Por Juana Fernández.
Foto: Agustín Guijarro
Revista 31 (15/12/2002 a 15/02/2003)
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