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TITICACA
Flotando en el tiempo
Allí la claridad brilla con otra intensidad y el azul de sus aguas y su cielo, descubre un nuevo color
También cuentan que lo llena las lágrimas derramadas del dios del Sol por la avaricia que llevó al hombre a apropiarse del Fuego Sagrado (Chucoma-ma), en una versión del clásico de Adán y Eva que nada le tiene que envidiar. Al margen de las leyendas, el viaje al Titicaca o lago sagrado de los incas, se convierte en una experiencia mágica a través del tiempo y de la cultura peruana, difícil de narrar con palabras. Allí la claridad brilla con otra intensidad y el azul de sus aguas y su cielo, descubre un nuevo color. Será, porque está situado en el altiplano, a 3.820 metros por encima del nivel del mar, responsable, también, del temido soroche (mal de altura). Una altitud que te acerca al sol, de ahí el rostro tostado de sus habitantes. Navegar por los 8.300 km2 de sus aguas rodeadas por las montañas de los dioses Apus y visitar sus numerosas islas, es una opción cada vez más extendida entre los turistas que llegan a la zona.
Desde el embarcadero de la localidad peruana de Puno, muchas lanchas motoras se ofrecen al visitante. Tras un largo paseo a través de lo que realmente parece la inmensidad de un mar, se arriba a Uros, una de las cuarenta islas flotantes del lago, construidas por sus habitantes con juncos de totora a modo de balsas gigantes; no se encuentra nada parecido en otro lugar. La vida de esta pequeña comunidad andina que aún conserva sus costumbres y la lengua aimara, transcurre sobre el entresijo de totora de los bajíos del Titicaca ante la mirada atenta del viajero. La totora se va pudriendo en contacto con el agua, lo que les obliga a ir sustituyéndola en su parte superior de tal modo que su suelo es blando y flexible. No todas las islas pueden ser visitadas pero en las que sí, se ofrece al foráneo una variedad de artesanía nativa cuyas ganancias son luego repartidas en toda la comunidad. Incluso es posible cambiar la lancha motora por una embarcación de totora muy pintoresca, por un precio módico y continuar la travesía por las aguas hasta la siguiente isla: Amantaní.
Por Ana Berruguete
Foto: Ana Berruguete
Revista 42 (15/03/2004 a 15/04/2004)
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