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TITICACA
Flotando en el tiempo
Ponga un turista en su mesa
Amantaní es una isla real, no flotante, anclada en el tiempo. Allí no hay hoteles y son las propias familias las que albergan al viajero en sus propias casas. Las mujeres esperan a los huéspedes en el embarcadero y les ofrecen por muy poco dinero, habitaciones modestas pero muy limpias. A partir de ese momento, cada familia se encarga de los turistas que ha acogido: se les convida a un almuerzo típico, se les invita a jugar un partido de fútbol con los hombres de la aldea y, al anochecer, se empeñan en dejarte sus llamativas vestimentas para que asistas a la fiesta del pueblo, a beber y a bailar con ellos. Aunque siguen manteniendo el quechua como lengua, la comunicación resulta fácil y no les falta curiosidad por conocer el lugar de tu procedencia. La vivencia es realmente única y la convivencia enriquecedora.
Aparte del contacto directo con esta colonia, la isla ofrece un montón de lugares por los que perderse. El atardecer desde lo alto de su cima, en los templos de la Pachamama y el Pachatata (Madre Tierra y Padre Tierra) tras subir más de 500 escalones, constituye un atractivo más. La vista panorámica del Titicaca cuyo intenso color azul contrasta con el rojizo de la tierra, las terrazas agrícolas que caen por las lomas y la visión de los eternos nevados de la Cordillera Real boliviana, completan un cuadro excepcional.
Pero, desgraciadamente llega el momento de marcharse y continuar el viaje. Creyendo que ya se ha visto todo y que nada puede sorprendernos, el viajero llega a orillas de una tercera isla muy diferente a las anteriores y, también, fascinante: Taquile.
Por Ana Berruguete
Foto: Ana Berruguete
Revista 42 (15/03/2004 a 15/04/2004)
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